El director de cine chipriota Michael Cacoyannis (“Electra”, “Ifigenia” y “Las troyanas”), cierra el triángulo de oro de la cultura helénica contemporánea al lado de Mikkis Theodorakis (“Antígona”), músico que inmortalizó la danza vernícola del Zirtaki utilizada por los “indignados” griegos durante la crisis económica de su país (2009) y Nikos Kazantzakis, afamado escritor y filósofo greco–cretense del siglo XX, al lado de Konstantin Cavafis (“Ítaca”) con su “Zorba el griego, vida y andanzas de Alexis Zorbas” (diciembre de 1946), “La última tentación de Cristo” (1952) y “Libertad o muerte” (1953). Kazantzakis revivió el espíritu griego con su pluma activista político–humanista y el fuego mágico perenne de “Zorba el griego” (diciembre de 1964), majestuoso filme que logró con su filosofía simplificante e irreverente, revivir el viejo lema pitagórico, hoy sumido en el olvido.
Hablaba de ese amante de la sabiduría que viaja a pie, desbrozando en la espesa cordura, los parajes irredentos de la inefable locura. La cinta contiene una de las escenas más famosas de la historia del cine: dos hombres bailan en una playa desierta. Su fuerza dramática proviene de algo inusual: con su danza los protagonistas no celebran un triunfo, sino una derrota. Zorba (Anthony Quinn) y un inglés (Alan Bates), inician un proyecto minero en Creta, negocio que demanda dinero y grandes esfuerzos. Al final, el proyecto se derrumba y sus sueños se desvanecen. Zorba se sincera con Basil: “Jefe, le aprecio demasiado como para no decírselo. Usted lo tiene todo, menos una cosa: locura. Necesitamos estar un poco locos porque sólo así nos atreveríamos a cortar la cuerda y ser libres” … El inglés cavila un poco y luego sorprende a Zorba con una singular petición.
“Enséñame a bailar”. Zorba con perpleja animosidad, se pone manos y pies a la obra. Entonces comienza la mágica danza y la cadenciosa y cautivante música. Con el baile, la tristeza se va desvaneciendo y se torna en energizante alegría. El ritmo se va acelerando y la reciente debacle parece totalmente olvidada. De pronto, Zorba se detiene, observa las ruinas de la mina y dice: “¡Eh jefe! ¿Vio alguna vez un desastre más esplendoroso?”. El inglés comienza a reír y Zorba se desternilla de risa. Entonces la música emprende su fase más frenética y los dos se arrojan al baile como si fueran las dos personas más felices del mundo. Quizás nos hace falta, en ciertos momentos, ser Zorba, rescatar la sabia simplicidad y la perspicaz inocencia que alguna vez perdimos en el absurdo y prejuicioso devenir de nuestra sobria estulticia existencial. Zorba el griego es un canto a la sencillez.Una elegía al donaire de la vida simple y cotidiana; la metáfora del desapego a través de la cual se descubre el fatuo y tedioso transcurrir de nuestras vidas y el enorme valor que tienen las pequeñas cosas; la emoción de quien constata que, a pesar de todo, está vivo y comparte con los seres y las cosas la magia de existir; el sorprendente hallazgo cuando, a través de las palabras, las personas y los días, se nos revela ese niño interior que habita en nosotros cuya capacidad de asombro y de ensoñación permite recrear el mundo y la vida… “¿Qué es la felicidad? La experiencia de todas las desdichas. ¿Qué es la luz? La contemplación de todas las tinieblas… Tienes el pincel y los colores, pinta el paraíso (o el infierno) y entra después”. “No temo nada, no espero nada, soy libre”, es el Epitafio de Nikos Kazantzakis en su tumba de Héraklion (Creta), grabado luego de su muerte en 1957.