El 14 de marzo de 2026, muere en Starnberg (Alemania), a la edad 96 años, Jürgen Habermas, el último filósofo de la modernidad y el pensador alemán más traducido del mundo. Su obra cumbre (“Teoría de la acción comunicativa”,1981), cumple 45 años y se perfila como la utopía de los últimos tiempos. Jürgen aboga por un mundo imaginario donde triunfan la buena fe, la empatía, la democracia deliberativa y los valores universales aceptados desde la época de la Ilustración. Allí triunfa la acción comunicacional sobre el interés utilitarista; el consenso racional y la voz del otro sobre el miedo y la barbarie. Hace un tiempo, cuando Habermas se aprestaba a cumplir sus 92 años y se celebraba en nuestro país una nueva jornada electoral, un amigo contertulio lanzó una irónica y curiosa frase: “Si Habermas hubiese vivido en Colombia, se hubiera muerto hace mucho tiempo”.
Gran desazón le hubiera producido ver la febril contienda y la endemia política que azotan cada dos años el cuerpo desfalleciente de nuestra democracia. Compungido habría concluido que ella es el fiel reflejo de una sociedad enferma a la que pertenecen sus solícitos electores. Ese espectáculo colmado de victorias pírricas y estruendosas derrotas, le habría dejado grandes lecciones obligándolo a reformular su discurso ético y político sobre la modernidad. Esa estela paradigmática plagada de falsos principios y antivalores, le hubiese permitido estudiar la fenomenología del anti–liderazgo como una sociopatología que recorre la escena política contemporánea. Por las desvencijadas pasarelas de la historia nacional, habría presenciado sobrecogido, el impúdico desfile de nuestra fauna política: presuntuosos seductores henchidos de fingidos carismas y supuestas empatías.
La geometría axiomática habermasiana no conoció de las asimetrías socioculturales que han deformado la supuesta cuadratura de la democracia colombiana: el gamonalismo, la compra de votos, el fraudulento manejo financiero de las campañas electorales, el tráfico de influencias de clanes políticos y los flagrantes desmanes contra el erario… Todo ello bendecido por oficiantes devotos que entonan cual goliardos, cantos inmorales llenos de desenfreno y corruptela. Sus guardianes de la heredad (abogados, economistas y comunicadores, entre otros), vigilan celosos el cacicazgo que ejercen sobre sus feudos electorales y sus cotos clientelistas de caza, haciéndole creer a sus incautos correligionarios que el supuesto equipo del cual ellos forman parte, está por encima de su liderazgo autocrático. Habermas desconoció todos los males que afligían al alma nacional.
Ignoraba ese “narcisismo maligno”, como lo llamaba su coetáneo, el humanista alemán Erich Fromm quien claramente lo caracterizó en “El miedo a la libertad” (1941) y su “Psicoanálisis de la sociedad” (1955). En sus obras, Fromm cuestionó el sentido desmesurado que los políticos le dan a su falso liderazgo y al exacerbado afán de rendirles loa y sumisión. Éstos, presos en su egolatría, recluidos en sus “círculos de fuego” y jaulas de cristal, creen que el mundo gira a su alrededor. El humanismo aséptico de Habermas hizo caso omiso de la señal de advertencia de Hanna Arendt sobre la “banalidad del mal”, morbidez que surge cuando el pensamiento crítico es obnubilado por el poder y la medrosa obediencia. Muchos aún creen con él, que debe causar vergüenza el día, cuando al morir, no se haya logrado “una acción racional y válida para que la humanidad conviva en paz”.
La muerte de Habermas sirve de excusa para revivir el debate sobre el ocaso de los idearios democrático