LOS DILEMAS ÉTICOS DE PABLO VI

Su ascenso meritocrático dentro del mundo eclesial fue vertiginoso. Presenció durante la égida de Pío XI, la entrega genuflexa de la Iglesia al totalitarismo europeo. Los Pactos de Letrán firmados con Benito Mussolini, líder del Estado fascista italiano, le devolverán el poder al Vaticano perdido desde 1870 y el “Concordato del Reich” (1933), pacto de no agresión firmado entre Adolf Hitler y Eugenio Pacelli. Éste, más tarde (1939), lo sucederá como Pío XII, lo ordenará como cardenal en 1954 y lo ungirá como su íntimo colaborador. Será testigo presencial de la II Guerra Mundial y cómplice del silencio medroso del Vaticano frente a los desafueros criminales de los gobiernos Nazi, fascista y falangista. Al morir Pío XII (1958), Giovanni Bautista Montini, ya sexagenario, acompañará a Juan XXIII y será coprotagonista del mandato más progresistas en la historia de la Iglesia Católica…

Las Encíclicas “Mater et Magistra” (1961) y “Pacem in Terris” (1963) lo dirán todo. Asumirá la responsabilidad del Concilio Vaticano II y todas sus implicaciones sociopolíticas. Al morir Juan XXIII en 1963, el cardenal Montini será ungido como nuevo Papa. Se llamará Pablo VI y lo conocerán, primero como el “Papa Peregrino” y sus detractores (Benedicto XVI), como “el Papa contradictorio”. Sus dilemas éticos frente a la Guerra Fría, el neocolonialismo, los fascismos de izquierda, las brechas sociales, la defensa de la vida humana (Encíclica “Humanae Vitae”) y los asuntos mundiales (ONU 1965), serán cruciales en su agenda papal. Pero Pablo VI, sumido en sus angustias psico–sociales, optará por convertirse en “El apóstol de los obreros” y transmitirá al arzobispo de París su inusitada decisión conciliar: los curas parisinos trabajarán en fábricas y talleres de la Ciudad Eterna.

Cuentan que en las frías madrugadas capitalinas se escapaba con overol y casco por la puerta trasera del Vaticano y compartía viandas y oraciones con obreros que se aprestaban a limpiar las alcantarillas de Roma. Otro día, visitó el pueblo de Pietralata y cumplió con la promesa de visitar un grupo de obreros. Les habló de pie y no desde el elegante sillón rojo y oro preparado para su estancia. Su sencillez fue más elocuente que las rutilantes palabras de su encíclica social “Populorum Progressio” (1967): deseaba conjurar la desconfianza de aquellos albañiles que se mantenían apartados y huraños. Pablo VI caminó hacia ellos y les extendió sus manos. Se fueron acercando y, con él, formaron la procesión más extraña jamás vista. Conmovido por el nivel y la plomada que le regalaron, les habló: “Los tendré siempre junto a mí como grato recuerdo de vosotros”.

Abrazó al albañil oferente y expuso su otro dilema: “¿Podría quedarme en casa, detrás de la ventana, esperando que me visitasen los obreros en la Plaza de San Pedro? Muchos habrán ido, pero ¿dónde están los otros? Y si veo lejana esa gran multitud que no viene, ¿no es mi deber ir hacia ella? Sin duda alguna hay que hacerlo y tanto más si son ustedes quienes sufren y tienen más necesidades, problemas y ansiedades que nosotros”. En 1965, un artículo (“The Economist”) levantó polvo y entristeció aun más al Papa. Se habló de la fortuna del Vaticano. Sus bienes comparados con las reservas auríferas y divisas de Francia o de Gran Bretaña, eran la quinta parte de su stock comercial sólo superado por las compañías americanas de seguros. Su incalculable riqueza inmobiliaria y su gran pinacoteca la convertían en la mayor terrateniente urbana y la curadora más rica del orbe.

La controversia crecía. Surgía la “Teología de la Liberación”: “La Iglesia debe renunciar a sus riquezas… Produce rentas sin trabajo… Está atada al Capitalismo… Debe liberarse de sus lazos y cumplir con sus votos de pobreza”. La vida testimonial de Pablo VI contrarió a los plutócratas de la Santa Sede: un simple anillo de oro como obispo conciliar; abandono de la silla gestatoria; desaparición de grandes abanicos orientales y del estandarte púrpura eclesial; rechazo al suntuoso vestir del notablato local en la Semana Mayor (“El Papa debe entrar a la Iglesia como sacerdote y no como rey”); un no rotundo a las lujosas capas y sombreros “raros” de plumas que ostentaban los caballeros del Santo Sepulcro; su sotana blanca, una afrenta a la Guardia Palatina de Honor regentada por rancios aristócratas, mafias cardenalicias, capos de la Cosa Nostra y” nuovi ricchi” ítalos.

“Queremos la paz sin haber luchado antes por la justicia social”. Frase de Pablo VI antes de su muerte en 1978.