Hace 50 años (30 de abril de 1976), se estrenó en Barcelona uno de los filmes más taquilleros y polémicos de la historia del cine (40 millones de espectadores). Pasados 36 años, los españoles se aprestaban a disfrutar de la sátira política más aplaudida del mundo. El gobierno del “Generalísimo” Francisco Franco la prohibió con acerbidad hasta su muerte (1975), porque allí se mostraban las intimidades de quienes regentaban los regímenes sanguinarios y totalitarios muy afectos al Franquismo durante la Guerra Civil Española: Adolf Hitler representado en Adenoid Hynkel y Benito Mussolini en Benzino Napaloni. Hablamos de “El gran dictador”, la obra maestra del gran actor y cineasta inglés Charles Chaplin. Era la última aparición del vagabundo Charlot y la primera en romper con el mítico silencio de su producción fílmica… Él Tenía 51 años y estaba dispuesto a hablar.
La facción autocrática española encarnada en el Falangismo, 30 años después del fin de la II Guerra Mundial, se resistía a morir… Pero, ¿cuál era el profundo significado de aquella película que alimentaba la urticaria sociopolítica de aquella época? Chaplin, sin ser judío, italiano, español ni alemán, venía denunciando el nacionalismo antisemita que ondeaba por aquel tiempo, agitado por las huracanadas ventiscas totalitarias y las criminales agencias de propaganda nazi y fascista. El capital financiero logró que los tiranos fuesen aclamados por millones de fervientes adeptos. Años más tarde, presos de una extraña amnesia colectiva, ninguno recordaba los soberbios desfiles en los que participaban con sus delirantes vítores aquellas masas amorfas y enajenadas que, con sus brazos extendidos, saludaban a sus crueles verdugos como en los tiempos imperiales romanos…
Era de esta forma cómo se henchía de banalidad esquizoide el espíritu guerrerista teutón e itálico, herederos de una pseudo–científica estirpe racial aria. La grotesca exageración de fonemas guturales y las posturas extravagantes de venales autócratas fueron puestos en escena mostrando la absurda tragicomedia que vivió Europa en aquellos tiempos y que fue descrita en tan memorable celuloide. La película estuvo al borde del colapso por las presiones de la ultraderecha europea y el partido republicano estadounidense. Ese ideario de libertad no fue ajeno a los riesgosos avatares de un proyecto sociopolítico que desnudó la condición humana bélica y genocida de esos nefandos días. A pesar de que el filme no conoció los horrores de los campos de concentración nazi ni de los goulags estalinistas, si esculpió en el rostro europeo un rictus de dolor, soledad, angustia, apatía y desarraigo.
“El odio entre los hombres pasará y los dictadores caerán”. Éstas y 0tras palabras son proferidas por el barbero judío (Adenoid HinKel), al final del filme y van despidiendo a Charlot, nuestro egregio, amado y silencioso vagabundo. Ellas serán sempiternas en el fantasmagórico y quimérico mundo del séptimo del arte. “Hannah, ¿puedes oírme? Donde quiera que estés mira a lo alto: las nubes se alejan y el sol aparece. Vamos saliendo de las tinieblas hacia la luz. Caminamos hacia un mundo nuevo, un mundo de bondad en el que los hombres se elevarán por encima del odio, la ambición y la brutalidad. ¡Mira a lo alto, Hannah! Al alma del hombre le han sido dadas alas. Por fin está comenzando a volar. Está volando hacia el arco iris, hacia la luz de la esperanza, hacia el futuro, un glorioso futuro, que te pertenece a ti, a mí, a todos. ¡Mira hacia lo alto Hannah! ¡Mira hacia lo alto!”.
Chaplin se lamenta y nos advierte: “La vida podría ser libre y bella, pero hemos perdido el rumbo”.