Una fría noche del 10 de diciembre de 1957, en el Ayuntamiento de Estocolmo, los acartonados asistentes ovacionaban el predictivo discurso pronunciado por el escritor argelino Albert Camus, mensaje con el cual aceptaba el premio Nobel de Literatura. El Comité destacaba “el espíritu francés” que alentaba aquella novena entrega del galardón, al igual que “su importante producción literaria que, con seriedad clarividente, ilumina los problemas de la conciencia humana en nuestro tiempo”. Aquel veredicto no alcanzaba a vislumbrar y entender el impacto que tendría la obra de Albert Camus en el turbulento discurrir ideológico y político del siglo XX. Sus palabras tenían otros destinatarios, menos escrupulosos y acicalados: aquellos que, al enarbolar sus tesis libertarias, “no han recibido ningún privilegio, sino que, por el contrario, sólo han conocido la miseria y la persecución”.
En aquel almidonado y gélido recinto parecía criogenizada su proclama del “Hombre rebelde” (1951), un sordo clamor de abandono, dolor, miseria, soledad y olvido: “Grito que no creo en nada y que todo es absurdo, pero no puedo dudar de mi grito y necesito, al menos, creer en mi protesta (…). Cada grito fraternal que lanzo se diluye en el aire y vuela a los espacios sin límite (…). Llevado día tras día por los vientos, llegará a los extremos de la tierra y resonará largamente hasta que alguien en alguna parte, perdido en la inmensidad, lo escuche y feliz sonría…”. Es aquí donde reaparece la sempiterna y legendaria figura de Sísifo (1942) y ese bello parafraseo, al inicio de su etopeya, del inmortal verso del poeta griego Píndaro (“Odas”) con el cual se engalanaban los juegos Píticos: “Oh alma mía, no aspires a la vida inmortal, pero agota el campo de lo posible” …
No hablaremos en tan breve espacio de las imputaciones hechas a Sísifo que desencadenaron el execrable juicio y la brutal sentencia divina: Sísifo es condenado, viejo y ciego, a subir por la ladera del Acrocorinto, empujando una enorme roca hasta la cima que, luego rodará cuesta abajo, de manera intermitente y a perpetuidad. Nos detendremos en la sublime alegoría del argelino que pasa inadvertida e inaclamada. Es el guiño que le hace el escritor al héroe griego: lo imagina bajando por la tortuosa ladera con una extraña sonrisa, dispuesto a reiniciar su indefectible y absurdo periplo. Concluye Camus al final de su ensayo (“Carnets 1935–1951”) que al estar él bien, “hay que imaginarse a Sísifo feliz”. Los dioses, incapaces de arrancarle sus vivencias, añoranzas e imaginarios, no fueron capaces de vencerle y fue en esos escollos donde decidió hacer su sempiterna morada…
El ser conscientes del absurdo, no debe conducirnos al paroxismo, la desesperanza o el conformismo: debe impulsarnos hacia una forma de vida más auténtica y genuina reconociendo y aceptando la absurdidad en la que vivimos. El suicidio no sería la solución porque interrumpe esa posibilidad de resistencia. Debemos seguir empujando la piedra a sabiendas de que inevitablemente caerá; hay que seguir encontrándole sentido al simple hecho de empujarla, lejos de consuelos, fatalismos y/o resignaciones. Camus propone deconstruirnos y resignificarnos en un mundo lleno de sin sentidos; nos exhorta a seguir eligiendo la vida aún en su permanente indefinición e inconsistencia. Vivir se convierte a pesar y gracias a esa nada que lo resume y subsume todo, en un acto salvífico de conciencia, rebeldía y persistencia.
Conjugar conciencia, autoconfianza, rebeldía y tenacidad… esta es la gran lección sisifeana.