CLARISSA PINKOLA ESTÉS. LA MUJER LOBA

El ruidoso sainete político–electoral de marzo no permitió en Colombia celebrar el mes de la mujer y rendir tributo, como es costumbre, a quienes han enarbolado a lo largo del tiempo el estandarte de sus luchas feministas y libertarias. Se quiso, esta vez, rendirle tributo a una dama octogenaria conocida a nivel mundial por su magistral obra (“Mujeres que corren con lobos”, 1989). Clarissa Pínkola Estés es una psicóloga etnoclínica junguiana de origen húngaro–mejicano que creció en la región de los Grandes Lagos escrutando el inconsciente de las comunidades ancestrales y buscando con ellas “el hogar de los seres de la niebla”. Trabajó durante cuarenta años en cárceles, barrios marginales, campos de concentración, ghettos, zonas genocidas y de desastre, como pacifista y gran resolutora de conflictos (“Trata de vivir con plenitud para que tu gente también viva así”),

Su ONG (“Fundación Guadalupe”) todavía transmite por radio, en escenarios bélicos o de desastre socioambiental, cuentos terapéuticos destinados a sanar y fortalecer el ser bio–psico–social y la autoestima de las víctimas en aquellas zonas rojas. Hace diez años recibió el galardón “Keeper of the Lore” (“Guardiana del saber”), al ser reconocida como protectora y “cantadora”. A través de sus narraciones mágicas, ha recorrido diversas cosmovisiones ancestrales como lugares de encuentro y re–descubrimiento. A través de su vida experiencial, las personas se reconocen en su historia y se aceptan en el “Ser – Estar–hacer. Su obra ha sido traducida a 35 idiomas y fue un best seller del “New York Times” durante 145 semanas. En uno de sus relatos narra cómo en algún escondrijo del alma colectiva, vive una anciana que todos conocemos, pero pocos la hemos logrado ver. 

Le llaman “la huesera o trapera”. Su ritual mágico consiste en recoger huesos de lobo con los cuales forma un esqueleto. Luego se sienta junto al fuego, levanta los brazos y se pone a cantar. La osamenta se cubre de carne y comienza a crecerle el pelo. La bruja sigue cantando y la criatura empieza a respirar, abre los ojos, pega un brinco y escapa presurosa cañón abajo. En su rauda carrera, la criatura–loba se transforma, de repente, “en una mujer que corre libremente hacia el horizonte riéndose a carcajadas”. Dentro de cada mujer existe una vida secreta; una fuerza poderosa llena de instinto, intuición, magia, creatividad y sabiduría: es la mujer salvaje, una esencia innata y milenaria que se va extinguiendo debido a los acechantes lances de una sociedad light que intenta “civilizar” la mujer y constreñirla a ridículos perfomances y glamurosos papeles homo–esteticistas…  

Los lobos como las mujeres, han sido blanco de aquellos que no solo quieren colonizar la selva, sino también el territorio salvaje de su psique, sofocando lo instintivo y natural. La mujer loba se conecta con su naturaleza perceptiva y visionaria; no acepta rutilantes etiquetas ni odiosos estereotipos que la hacen ver como “rara”. Así, puede escuchar esa voz ancestral que la invita a sentir, amar, vivir y crear. “Una mujer sana se parece a una loba: robusta, colmada de fuerza vital que la hace poderosa, dadora de vida, consciente de su territorio, ingeniosa, leal y en constante movimiento”. Al sentir que su vida se estanca en el tedio y la mismidad, escucha y acude, en su “oquedad interior”, al llamado primigenio y atávico; renueva permanentemente su capacidad sensitiva, resiliente y adaptativa; se mantiene firme en sus valores y fiel a ese mundo irredento y libre al que sabe pertenecer.

Reivindicamos el espíritu de la mujer loba: intuitiva y afectuosa, sociable y protectora, grata y leal, fuerte, noble y valiente.